La Danza Contemplativa, a través de sencillas coreografías, nos va conduciendo poco a poco a la quietud interior, al silencio y a la serenidad, pudiendo llegar a convertirse en una oración.
Nace de la tradición cristiana pero cualquier persona con inquietud espiritual puede enriquecerse de este camino de silencio y oración.
Es desde aquel lugar desde donde se ve con claridad y donde la paz inunda el alma, que se danza, se eleva el brazo, se mira en contemplación y se abre el corazón al Misterio de Aquel que nos transciende y al Misterio de cada ser humano, del que tengo al lado y al de toda la humanidad.
El paso de la relajación a la meditación profunda y a la oración es una experiencia personal e intransferible. Cada uno lo hace en su momento, a su ritmo. Para unos sucede en la segunda danza, otros han de esperar un año.
En general las danzas son movimientos sencillos y lentos que se van repitiendo para favorecer su pronta asimilación y poder así profundizar en la experiencia que conlleva. La mayoría se realizan en círculo pero aparecen también otras formaciones espaciales.
Además de danzas propiamente cristianas pueden incluirse otros tipos de danzas como danzas circulares meditativas o danzas hebreas lentas.
Aún cuando su origen tenga lugar en una tradición religiosa concreta, toda persona puede saborear la experiencia espiritual que conlleva. Para ello es necesario reconocer que la Vida es mucho más grande que una misma y poder dirigirse al Amor, la Realidad Primera, la Fuente, la Vida... que está en mí y fuera de mí. Podemos no ponernos de acuerdo en el nombre que damos, pero sí en la experiencia de amor y plenitud. Esto sucede igualmente en otros marcos que nos son familiares: en general, no nos hacemos hindús para practicar el yoga, ni budistas para practicar el zen, pero nos enriquecemos de la experiencia.
La danza una realidad cultural y religiosa
La danza en mi vida, espiritualidad y misión